Garrafón, mito o realidad

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Vicente! ¿te vienes o qué haces?

Ayer se la enganchó usted pinga y hoy le duele hasta el píloro. ¿Significa eso que es usted un borracho y un desgraciao? No, aquí no hacemos las cosas así, nada humano nos derrota. Si se despierta sudando escabeche y con Manolo el del Bombo Alive en su cabeza es porque ayer le dieron garrafón. Y punto. La culpa no la tienen seis cañas, dos copazos de Soberano, siete pelotes de Ballantines, tequila a go-go y paquete y medio de Winston. Nah. La culpa no es suya por tragar como un sumidero. Naah. La culpa es de la industria del alcohol adulterado. Es usted una victima de la mafia oiga. “Me dieron garrafón” es la forma evolucionada de aquel “no bebí mucho pero mezclé” con el que nos justificábamos ante nuestros padres tras haber echado una papa importante en la alfombra del pasillo de tu casa a las seis de la mañana.

Nadie duda que más de una vez nos habrán dado gato por liebre en algún tugurio. Es tarea fácil pues a ciertas alturas de la noche uno no sería capaz de diferenciar un Vega Sicilia del 96 de un bote de KH-7. Y muchos beberíamos a sabiendas KH-7 si fuese lo único que quedase para pimplar en el garito. O sea, que venderte lavativas a precio de angulas probablemente sea un provechoso modo de vida para más de uno en un país que reúne los dos elementos clave para ese negocio. Hay mucho borracho y mucho espabilao. Sería de necios pensar que el garrafón es una leyenda urbana. Existir, a mayor o menor escala, existirá. Eso nadie lo duda. Y nadie duda que usted no beba mucho. Pero cuando bebe se convierte en otra persona. Y esa sí que bebe mucho.

Tío Willis
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