Descubren la causa de la estupidez pero después la pierden

cientifico tontaco

Lo que podría haber sido un hito científico en la historia de la humanidad comparable al descubrimiento del Hemoal ha terminado convirtiéndose en un bluf. Y decimos bluf porque es más corto que papelón, ridículo espantoso, pitorreo generalizado o descojone planetario. Investigadores rusos de la Universidad de Sobakova llevaban meses metidos en el laboratorio realizando análisis neurológicos a chorlitos, merluzos y neonazis con el fin de encontrar el camino que les llevase a descubrir el origen de la estupidez. Finalmente, después de miles de pruebas el pasado martes el director del equipo, Sergei Memov, anunció en tuiter que habían encontrado la causa que provoca que cualquier organismo vivo empiece a desvariar y algunos terminen escuchando a las Nancys Rubias o votando a UPyD. El camarada Memov convocó a la prensa para esa misma tarde deseoso de cubrirse de gloria y loco por salir en todas las teles del mundo. Pues bien, a la hora de la rueda de prensa la sala de conferencias de la Universidad de Sobakova estaba a rebosar de gente, allí ya no cabía ni nuestra reina Letizia (vaya desde aquí nuestro respeto a la familia real, no queremos líos, de hecho Letizia nos pone un poco, ándate con ojo Felipe). La comparecencia del equipo de investigadores rusos se retrasó bastante causando cierta molestia en algunos de los presentes y un airado cabreo en todos aquellos que habían dejado el coche en zona azul y solo habían echado cuatro rublos al parquímetro. Finalmente, una hora después de lo previsto, Sergei Memov apareció en el escenario sudando como Camacho en Korea. Con la cara que traía o acababa de pillar a su mujer follando con un enano capitalista o era portador de peores noticias. Fue lo segundo. Tartamudeando y con el hilillo de voz más tenue que ha escuchado nunca oído humano el profesor Memov confesó a los presentes que sí, que habían identificado el gen causante de la estulticia humana. El público presente empezó a aplaudir alborozado pero Memov los hizo parar de inmediato y con lagrimas en los ojos contó que con tanto recorte no tenían tinta en la impresora del laboratorio y habían tenido que apuntar el nombre y número del gen en un post-it. Hasta ahí todo bien si no fuese porque una ayudante de laboratorio, Irina Lerdova, que fuma más que su abuelo cosaco, había utilizado ese post-it para liarse unas boquillas para sus cigarritos. Después de soportar durante mucho rato un cachondeito guapo guapo por parte de la concurrencia el profesor Memov aseguró que el servicio secreto, la antigua KGB, parte del ejercito y todos los presos del país estaban ahora mismito buscando en ceniceros, alcantarillas y contenedores esas colillas, aunque con poca esperanza pues la señorita Lerdova, que a estas horas ya se encuentra camino de un gulag siberiano, tiene fama de fumarse hasta las uñas.

Tío Willis
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