Las cañas en el Bote durante las fiestas declaradas Patrimonio de la Humanidad

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Ciempozuelos vuelve a ser noticia en esta nuestra frenética comarca y esta vez se trata de un petardazo de los gordos que sin duda volverá a poner el nombre de este pueblo en el mapa internacional. La UNESCO ha declarado como Patrimonio de la Humanidad la tradición de echarse unas cañas, comer gambas y desparramar un rato en la esquina del Bar Bote a la hora de las cañas en las fiestas de Nuestra Patrona la Virgen del Consuelo. La UNESCO ha tenido en consideración no solo la cantidad de años que se viene manteniendo esta tradición sino también la “singular especie de comunión colectiva que arrastra a medio pueblo año tras año hasta esa esquina”.

No ha sido un camino fácil alcanzar este galardón y la comisión de la UNESCO encargada de certificarlo ha necesitado dos años y dos visitas a nuestro pueblo en fiestas para poder completar y emitir por fin su informe favorable. Hace dos años los dos delegados enviados a nuestro pueblo, el finlandés Jon Obebo y el checo Paavo Mindundik, pecaron de exceso de celo y decidieron alcanzar y vivir ese “momento Bote” en igualdad de condiciones que los nativos del pueblo para poder así tener una visión más completa y personal del acontecimiento. Se guiaron por el programa de las fiestas y el viernes salieron prontito de su habitación en el Hotel Las Estrellas para llegar a la plaza con tiempo de echarse una caña antes de ver las carrozas. Sería largo relatar su odisea aquella noche pero la resumiremos diciendo que a las seis y pico de la mañana un Volkswagen Touareg negro con los cristales tintados apareció en la esquina de la Tinaja y dos copias del agente Smith de Matrix se bajaron del coche, recogieron de debajo de las gradas los cuerpos inconscientes de Jon Obebo y Paavo Mindundik y los trasladaron hacia el Touareg. Pasado el primer momento de estupor la cosa se tensó cuando los miembros de la peña “L’as Cagao”, que durante la noche habían intimado con Jon y Paavo y eran bastante responsables de su actual estado, intentaron oponerse al “secuestro” de sus coleguitas guiris primero abucheando a los agentes, después forcejeando para que no metieran a los guiris dentro del vehículo y finalmente rodeando y meneando el coche a la voz de “si no pita no pasa”. Tras unos minutos de zarandeo uno de los agentes Smith perdió los estribos, se bajó del coche más cabreao que una mona e intentó reducir y poner unas esposas no a uno de los que zarandeaban el coche sino a otro miembro de esa peña que llevaba desde que llegaron dándoles voces con un megáfono. Una pareja de municipales llegó al lugar a tiempo de evitar que alguien se tragase un megáfono o que al agente Smith le pusieran fino los de la peña. Tras unas breves palabras y un visionado por parte de la autoridad local de la placa del agente Smith los munipas apartaron a la gente y el Volkswagen pudo largarse de allí entre los abucheos de la gente y los acordes de “Tengo un tractor amarillo” que en esos momentos pinchaba el Pulpo.

Después de esta fallida misión Jon Obebo y Pavo Mindundik fueron destinados a la delegación de Chungostán y la UNESCO tuvo que volver a plantearse todo el asunto. Sabiendo ahora a qué se enfrentaban decidieron formar un equipo más sólido para la siguiente visita a nuestras fiestas y los elegidos fueron el alemán Juergen Bollinger y el portugués Joao Morao. Para evitar un papelón como el de sus antecesores los dos comisarios decidieron no dejar ningún cabo suelto y antes de llegar al pueblo se pasaron por el poblao. Llegaron a la plaza de nuestro pueblo a medianoche cargaditos de fuerza y alegría para aguantar los envites de una bestia tan salvaje e imprevisible como es el viernes de las fiestas. Todos hemos sufrido las cornadas de ese viernes y a más de uno alguna fiesta se nos ha muerto casi antes de nacer al darlo todo el primer día y luego no poder volver a salir hasta el lunes. No poder salir o no querer salir nunca más al ser conscientes de que medio pueblo, incluida la chica que te gusta y su familia, te vio el viernes en lo alto de las gradas haciendo flexiones en gallumbos durante el concierto de La Frontera. Para evitar acabar así y poder llegar operativos a la hora de las cañas Bollinger y Morao siguieron una estricta dieta de cerveza con limón y viajecito cada tres cuartos de hora. Así consiguieron aguantar toda la noche en pie a pesar de haber vomitado un par de veces más que por la cerveza por la bazofia de música que pinchaba el Pulpo. A las ocho de la mañana los dos delegados de la UNESCO llevaban una castaña importante y la mandíbula algo dislocada pero seguían vivos y dispuestos a subir al encierro cuando camino de la plaza de toros se encontraron con el Moska y el Poto y toda la operación estuvo a punto de irse al garete de nuevo. El Poto y el Moska son perros viejos y sabiendo que el encierro iba a ser un bajadón total iban de vuelta al chiringuito de los punkis para hacer tiempo hasta las cañas. Todo aquel que haya amanecido alguna vez en fiestas en el chiringuito de los punkis sabe que allí el espacio tiempo se contrae y cuando te quieres dar cuenta se te ha pasado la hora de las cañas, la de comer, la de la siesta y si te descuidas un poco lo mismo hasta ves aparecer en el chiringuito a tu padre rojo como un tomate buscando a su hijo descarriao para llevárselo cogido de la oreja. Como Bollinger y Morao se apuntan a una maniobra preventiva de la OTAN ya estaban sacando dinero del cajero cuando un wassap de su cuartel general, que los tenía monitorizados porque se olían el percal, los puso tiesos como una polla, “ni chiringuito ni chiringuita motherfuckers”, y no les quedó más remedio que enfilar de nuevo el camino del encierro y ver con envidia como el Moska y el Poto se iban sin ellos.

Una vez en la plaza de toros y después de quince minutos de cola para pillar dos latas de birra calentorra Bollinger y Morao alcanzaron los tendidos y empezaron a sufrir los estragos de la torrija que arrastraban. Se habrían quedado en coma bajo aquella solana si no llegan a sentarse cerca de ellos los miembros de una peña que parecían seguir a un tío con un megáfono. Gracias al alboroto que montó esta gente Bollinger y Morao aguantaron todo el encierro despiertos aunque iban tan cocidos que del encierro solo recuerdan haberse muerto de asco mientras rezaban un poco para que la vaquilla pillase a algún chulito y mucho para que al speaker de la plaza de toros le cortasen las cuerdas vocales con un hacha. Después de dos horas de lenta tortura al sol la gente por fin empezó a mover el culo y los delegados de la UNESCO se unieron a la estampida de peña que bajaba corriendo a Bote como si fuesen a follar. Una vez llegados a la mítica esquina de Bote Bollinger y Morao se mimetizaron con el entorno atentos a cada detalle para no dejarse nada en el tintero a la hora de redactar su informe. Pero tras varias cañas, unos calos a un canuto de maría que tumbaría a Manu Chao y una raya de speed grande como la ceja de un tonto cortesía de un amable titulciano, los comisarios se habían integrado tanto que casí se desintegran. Ya no eran dos comisarios de la UNESCO en plena misión de reconocimiento, ahora eran otros dos mangurrinos borrachos como cubas tirados en una acera dando voces y haciendo el toliga un rato. Un rato que duró hasta el domingo por la noche. Y eso porque apareció el Touareg negro repleto de agentes Smith que si no Bollinger y Morao vuelven a instaurar ellos solitos la “celebración” del miércoles de las fiestas.

De vuelta en la sede de la UNESCO los dos comisarios necesitaron un par de días para emitir su informe y semana y media para recuperarse del todo de la melopea. En su informe dieron una calificación totalmente positiva al evento. Aunque no recordaban haberse comido ni una gamba sí que constataban que en aquella esquina se vive algo muy especial y se alcanza esa “comunión colectiva” que es el rasgo principal que la UNESCO busca en sus posibles galardonados. Los comisarios hablaban en su informe de una locura de gente aullando, cerveza a granel, coches pitando, cientos de camisetas de colores, más cerveza, machos alfa de verbena luchando por el mejor sitio en la acera, fotos fotos y más fotos, jovenzuelos desinhibidos por el alcohol cortejándose a grito pelao, más cerveza, exaltación de la amistad desbordante y un cachondeo de tres mil millones de pares de cojones. En resumen, una fiesta de las buenas. Las nuestras.

Tío Willis
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