Hablemos del tiempo

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Bueno, a ver si hoy acertamos con el temita. Después de barajar varias posibilidades y descartar temas como el arcoíris o Winnie the Pooh finalmente nos hemos decidido por hablaros del tiempo. El meteorológico. El tiempo como magnitud física es algo bastante más denso y la gente no acostumbra a hablar del mismo en el ascensor. Pero de todos los temas de conversación recurrentes pocos hay tan socorridos como divagar acerca del estado de la atmosfera.

En nuestro pueblo disfrutamos o más bien sufrimos el denominado clima continental, que viene a ser pelarse de frio en invierno y sudar escabeche en verano. Ahora se soportan mejor estos extremos porque casi todo el mundo tiene calefacción y aire acondicionado en casa pero los que crecimos con Espinete no disfrutábamos de esos lujos. La estufa o brasero en invierno y la manguera en verano eran nuestros lujos. En invierno o estabas abrazado a la estufa o sentado sobre el brasero o bajo bajo una manta. Si el skijama llegó a ponerse de moda fue por algo. Y en verano para echarte la siesta tenías que arrastrarte como una alimaña hasta el rincón más oscuro y fresco de la casa. Suena fatal ¿verdad? Pues quizá fueron los mejores veranos de nuestra vida. Veranos de bicicleta. Todo el día en la calle y por la noche salirte al “fresco” con tu abuela y sus vecinos para gacetear y arreglar el mundo. Si ahora saliésemos al “fresco” estaríamos todos como imbéciles mirando el móvil.

A lo que íbamos. En Ciempozuelos la conjunción de orografía cachonda y clima extremo no facilitan la vida al ciudadano. Subir andando desde la estación a Parque Olympia en pleno julio a la hora de la siesta es una ruta solo apta para rastreadores comanches o el superhombre de Nietzsche. Y cuando arrecia el invierno caen unas pelonas matutinas que si eres pobre y no tienes garaje te tienes que levantar media hora antes para rascar el hielo del parabrisas de tu coche. Eso sí, por mucho frío que haga aquí no nieva ni a tiros. Es una auténtica lastima pero puestos a ser positivos diremos que esa ausencia de nevadas hace que los vecinos de este pueblo lo flipemos aún más cuando suena la flauta y cuatro copos consiguen cuajar. En esas raras ocasiones casi todo el pueblo sale a la calle a disfrutar como enanos de la nieve y tirarse bolas alborozados hasta que algunos terminan discutiendo por un exceso de puntería en el lanzamiento de proyectiles.

A pesar de que el tiempo está presente en casi cualquier conversación y de que lo utilicemos como excusa para todo quizá no nos afecte tanto como creemos. Uno puede tener razones para dar saltos de alegría y comerse el mundo en pleno diluvio universal o para deprimirse y querer quitarse la vida bajo el sol de la Toscana. Los únicos nubarrones que nos amargan la vida y nos nublan la visión son los que se nos forman entre ceja y ceja. De mantener ese espacio lo más soleado posible trata la vida. Y vamos a ir terminando ya porque esto último está sonando un poco a Paulo Coelho y eso si que es deprimente.

Tío Willis
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