Breve Historia Inventada del Pueblo I. Orígenes

 

Verano de 1894. Ciempozuelos, inmediaciones del cerro Castillejo.

Basilio levanta el pico por encima de su hombro derecho y lo deja caer de nuevo contra el fondo de la zanja dando un respingo. El pico se introduce hasta la cruz en el blando suelo y el jornalero tira de él arrancando otro buen montón de tierra. Es la una de la tarde y Basilio, metido hasta el cuello en la zanja, se está cociendo como un cangrejo en la olla. Suelta el pico y se saca un pañuelo con el que secarse el sudor que le gotea por la cara. Da un buen trago del botijo y mira hacia el cielo, al sol que le esta derritiendo la sesera. “Si hubiera estudiado como el tonto del Matías iba a estar yo aquí metio” piensa Basilio guiñando los ojos para no cegarse. Vuelve a agarrar el pico con resignación, lo levanta sobre su hombro por enésima vez y lo descarga contra el suelo acordándose del casoplón del Matías y de la mujer del Matías, Rosita, que amaba a un pobre muerto de hambre como Basilio pero a la que sus padres casaron con el médico, Don Matías. El pico cae cortando el aire pero no se clava sino que desaparece dentro de la tierra y el propio Basilio cae arrastrado hacia delante dándose de morros contra el suelo. Se levanta blasfemando y se queda mirando el agujero por donde se ha colado medio pico. La herramienta parece haber partido en dos una piedra grande y plana. Basilio aparta el pico y limpia de tierra la zona del agujero. Bajo la piedra parece haber algo así que Basilio mete la mano y después de toquetear varias cosas agarra una y la saca. Es una especie de jarra de vino de boca muy ancha sin asa, hecha de arcilla negra y decorada con estrías blancas. Basilio no ha estudiado pero tampoco es tonto así que tarda cero coma en darse cuenta de lo que puede significar lo que tiene delante. Sonríe y mientras vuelve a meter la mano en el agujero no piensa en las joyas o el oro que pueda encontrar, ni siquiera piensa en una casa más grande que la del médico. Basilio solo piensa en Rosita.

Mismo sitio. Año 1700 A.C. siglo arriba siglo abajo.

Nut está un poquito harto de que siempre le toque hacer a él las vasijas ceremoniales mientras que Nan siempre es el elegido para tallar las armas de caza de la tribu. Cierto es que a A Nut le encanta hacer vasijas de ceremonia pero sueña con ser algún día el encargado de armar a la tribu. Apenas es un crio todavía y no es tan fuerte como Nan pero es más hábil y sabe que no tendría problemas para tallar las piedras hasta convertirlas en afiladas hachas y lanzas mejores incluso que las de Nan. Toda la tribu sabe que Nut es más hábil que Nan pero como el papaíto de Nan es Pan, el todopoderoso jefe de la tribu, el hijo mimado elige siempre hacer lo guay y Nut se tiene que dar con un dolmen en los dientes porque por lo menos le dejan hacer las vasijas ceremoniales. Le salen muy chulas y son siempre el centro de atención en los banquetes de la luna vieja. Lastima que estás que acaba de hacer, a las que ha incorporado por primera vez adornos con pasta blanca, no hayan terminado adornando una mesa sino acompañando a un muerto en su último viaje. Ban, el padre del gran jefe Pan, ha fallecido debido a las heridas sufridas en la caza del jabalí. Cuentan los jefes de la tribu que en pleno furor de la caza el valiente Ban se abalanzó sobre el jabalí con su cuchillo de sílex y consiguió matar al animal pero al alto precio de sufrir una herida en el vientre por la que se le fue la vida poco después. Las malas lenguas dicen que esta historia es más falsa que el dios Crom y que lo que pasó es que Ban había comido por la mañana bayas de las rojas para hacer más entretenida la caza y que por la tarde tenía los espíritus de la barriga algo revueltos. Se había alejado del grupo de cazadores hacia el riachuelo para agarrarse las rodillas y dejar salir los malos espíritus cuando el jabalí lo pilló desprevenido y con el taparrabos por los tobillos. Sea como fuere la cosa es que ahora Ban ya reposa dignamente en su tumba de piedras junto a las vasijas y cuencos moldeadas por Nut y este se pregunta si tiene mucho sentido que algo tan bonito se vaya a perder para siempre acompañando a un muerto en su último viaje hacia quién sabe donde.

Tras unos días de duelo por la muerte de Ban la tribu comenzó a hacer preparativos para levantar el campamento. Los primero pájaros ya habían empezado a cruzar el cielo y la tribu tenía que espabilarse y seguir a las aves si querían escapar del frío y los sabañones. El último día, con todo el campamento ya desmontado y los jefes de la tribu voceando para que la caravana se pusiera en marcha, Nut echó un ultimo vistazo al paraje que dejaban atrás. Allí se quedaba Ban, con la única compañía de las vasijas de Nut y algún que otro gusano. Se quedaba en un buen sitio. A Nut le gustaban esas tierras. Esa pequeña cordillera de montes enanos, la abundante vegetación según te acercabas al río, los colores que llenaban el cielo cuando la luz empezaba a desaparecer. Si no fuese por la época de fríos Nut pensaba que aquel sería un buen sitio para vivir. Esa ladera que caía en cascada frente a los montes enanos sería un magnífico lugar para asentarse. No le cabía ninguna duda.

Tío Willis
Anuncios