El tiro al dron se consolida como modalidad deportiva entre algunos vecinos

tiro al dron

Cualquier observador medianamente avispado habrá podido notar que cada vez es más común escuchar cosas como “quiero un dron”, “tengo un dron” o “he estrellado el dron en la calva de tu padre cariño”. Los drones han sido el regalo estrella de las pasadas navidades y todo apunta a que han llegado para quedarse. No es cosa solo de niños y frikis pajeros, no, el tema ha calado hondo y hasta el más tonto del pueblo quiere un dron. Quien dice el más tonto del pueblo dice el que escribe estas palabras. Sí, tengo un dron ¿qué pasa? No me juzguéis, cualquier remedio es poco para afrontar la inminente crisis de los cuarenta.

El primer efecto visible de esta moda de los drones es el considerable aumento de cacharros con hélices volando por encima nuestras cabezas. Y otra cosa que sobrevuela este pueblo desde el principio de los tiempos es el hijoputismo. Sí queridos hermanos, el hijoputismo, no miréis para otro lado que todos sabéis de qué hablamos. Una mezcla de prejuicios, ignorancia, envidia cochina y falta de empatía macerados lentamente al calor de una mente reprimida. Ninguno de nosotros somos así ¿verdad? claro que no, estaría bueno. Pero todos conocemos a algún amargao de este estilo, yo sin ir más lejos conozco muy de cerca a uno que tiene un dron y que escribe pamemas en…bueno, que me estoy yendo del tema. En fin, la cosa es que en nuestro pueblo junto a esta moda de los drones y teniendo como caldo de cultivo el citado hijoputismo se ha desarrollado otra moda paralela cuyo principal atractivo es que no necesitas tener un dron para divertirte. Con que lo tenga algún vecino el cachondeo está asegurado. El tiro al dron causa furor. Se trata de echarte unas risas puteando al prójimo. El deporte nacional oiga. Si tú no tienes dron los demás tampoco.  La modalidad más practicada por los vecinos es la pedrada limpia aunque también se les dispara con escopetas de perdigones y de caza e incluso se sabe de algún nostálgico que ha desintegrado en el aire algún cacharro de una sola andanada con el trabuco del bisabuelo.

Parece ser que el origen de esta nueva práctica se remonta a un domingo del pasado verano cuando la paella con la que Vicentín el “Cenizo”, vecino de los chalets de Parque Olimpia, pensaba agasajar a sus diez invitados sirvió como pista de aterrizaje forzoso del nuevo dron del vecino. La paella estaba ya reposando en el jardín y los invitados salivando tenedor en mano cuando un objeto volador apareció por encima de la tapia de los vecinos y después de un par de loopings en el aire se estrelló boca abajo contra el arroz y las tajadas de pollo. No quedó un solo grano en la paellera. Las hélices del dron repartieron equitativamente el arroz por la ropa de todos los comensales. Cuando Vicentín agarró el dron para estamparlo contra el suelo el artefacto salió volando de nuevo para volver a desaparecer tras la tapia del vecino, donde se escucharon gritos de alborozo y carcajadas.

El padre de Vicentín fue pastor y de los buenos así que después de llamar al “Donde Siempre” para pedir once hamburguesas Vicentín bajó al sótano a buscar la honda de su padre y después salió a darse un rulo rápido por el campo en busca de lo único que le faltaba. Un buen bijarro. Encontró uno del tamaño y forma adecuados para su propósito y volvió a casa a comer con su gente. Vicentín se pasó el resto de la tarde pendiente de la tapia del vecino, con el bijarro dentro de la honda, la honda en una mano y una copa de Terry sin hielos en la otra. Eran casi las seis de la tarde cuando todo ocurrió. Un zumbido familiar se escuchó al otro lado de la tapia. Una copa de Terry sin hielos se estrelló contra el césped sintético del jardín cuando el zumbido subió de volumen. Antes siquiera de ver el aparato un latigazo estalló en la mano de Vicentin el “Cenizo” y un bijarro cruzó el jardín en dirección hacia el zumbido. La balística fue perfecta. El proyectil pasó por encima de la tapia al tiempo que lo hacía el dron. El birolo partió el aparato en dos como si este fuese de mantequilla. Vicentín sonreía mientras se preparaba otro pelote de Terry. Su padre estaría orgulloso.

Tío Willis
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