Un entierro acaba a guantazos tras la aparición de un pokémon

circozuelos

A falta de pistas creíbles sobre lo que nos espera después de la muerte lo menos que le podemos pedir al más allá es que al menos sea ese descanso prometido tras nuestro azaroso paso por este valle de lágrimas que es la vida. Si la eternidad va a ser un trajín que avisen coño.

Si al estirar la pata el alma permanece de alguna manera consciente sin duda el alma de Tobías Marmolejo, un vecino de nuestra localidad que falleció el pasado jueves a los 92 años de edad, tuvo que flipar pepinillos con lo que se encontró al poco de llegar al otro barrio y echar la vista atrás. Morirse ya es todo un acontecimiento pero comprobar que tu última despedida se convierte en una peli de Bud Spencer y Terence Hill cuanto menos te debe hacer plantearte qué clase de energúmenos eran tus seres queridos.

El entierro de Tobías discurría por los derroteros habituales hasta que al llegar el féretro al cementerio y mientras lo sacaban del coche con solemnidad uno de los nietos del difunto empezó a gritar pikachu! pikachu! como un loco a la vez que zarandeaba su Iphone y salía corriendo hacia a la puerta del cementerio. Al oír el nombre del pokémon amarillo un resorte activó a otro puñado de los asistentes al entierro quienes también sacaron sus móviles apresuradamente y corrieron detrás del adolescente formando un pequeño tapón para entrar al camposanto. Los familiares más afectados por la pérdida de Tobías empezaban a salir de su asombro para adentrarse en la indignación cuando descubrieron que lo mejor estaba aún por llegar. Cruzando la carretera sin hacer ni puto caso al semáforo se aproximaba a la carrera un rebaño de swaggers con sus móviles en la mano. Habían olido sangre y venían de caza. Esto ya fue demasiado para Vicentón, el más joven y bravo de los siete hijos de Tobías, quien en cuanto tuvo cerca a un swagger lo agarró de la riñonera que este llevaba en torno al pecho y con la otra mano le pegó un tortón con la palma abierta que le mandó la gorra al otro lado de la carretera. Ese soplamocos fue el pistoletazo de salida de una trifulca carcelaria entre swaggers y familiares cercanos del difunto que solo paró cuando apareció allí una pareja de Municipales, justo a tiempo de evitar que Vicentón hiciese tragar su Samsung S7 Edge a un swagger revoltoso.

Tras un par más de zarandeos y alguna última colleja traicionera la tangana acabó y Tobías pudo tomar santo sepulcro en cuanto las autoridades consiguieron convencer a los cazadores de pokémons para que dejasen de saltar de lápida en lápida y se comportasen como personas mayores. Al nieto de Tobías lo sacó del cementerio su padre tirándole de la patilla y por lo que sabemos lo han castigado un par de meses sin datos en el móvil.

Pensábamos que serían las guerras o algun virus ignoto los que nos borrarían de la faz de la tierra y resulta que antes nos vamos a matar unos a otros jugando al Pokémon Go. Los más beneficiados con este nuevo hype en torno al jueguecito son la multitud de perros que antes apenas pisaban la calle y ahora ven como sus dueños los sacan de paseo cada media hora. Es otra muestra más del tiempo que nos ha tocado vivir. Nos agarramos a cualquier cosa con tal de no tener que enfrentarnos a nuestra gris realidad. Yo ya he cazado tres, ¿y vosotros?

Tío Willis
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