Un tren fantasma provoca el caos en la estación de Ciempozuelos

circozuelos

No es la primera vez que pasa pero en esta ocasión las consecuencias han sido de aupa. El lunes pasado a las seis y media de la mañana se vivieron escenas dantescas en la estación de tren del pueblo. La razón fue una vez más el ninguneo sistemático que sufrimos los usuarios de la línea C-3, esta vez en forma de tren fantasma que jamás llegó y del que nunca más se supo y que fue la gota que colmó el vaso rebosante de furia de todos los currelas madrugadores allí presentes. Para entender la magnitud de ese cabreo y el porqué de todo lo que se vivió después hay que empezar por poner en contexto ese momento de cólera. Circozuelos ha podido hablar con una persona que se encontraba allí el lunes y que participó del mosqueo colectivo fruto del cual poco después el mobiliario urbano de la estación voló por los aires. Nosotros cuidamos muy bien de nuestras fuentes y como sabemos que lo está buscando la policía por vandalismo no pensamos desvelar la identidad de Felipe Maroto. A instancias de Felipe nos referiremos a él con el nombre ficticio de Christopher Lambert.

Christopher Lambert se levantó el martes pasado a las cinco y media de la mañana para poder tener tiempo de darse una ducha y tomarse un café en casa antes de emprender su diario peregrinaje desde Parque Olimpia hasta la estación para pillar el primer tren de la mañana camino de su curro como reponedor en el Hipercor de Méndez Álvaro.  Recorrer un lunes a esas horas la distancia más larga que puedes andar en línea recta sin salirte del pueblo no es la mejor manera de empezar la semana pero a Felipe Maroto Christopher Lambert le esperaba una sorpresa aún mejor. Cuando llegó a las puertas de la estación cinco minutos antes de la llegada del tren se encontró dichas puertas cerradas. También se encontró con un montón de vecinos madrugadores totalmente incrédulos ante lo que estaban viviendo. A algún lumbreras se le había olvidado abrir las puertas de la estación para la llegada del primer tren. Mientras la mayoría de incrédulos se rompía las vestiduras y maldecía en arameo a ADIF frente a las puertas cerradas a cal y canto Christopher Lambert y algunos valientes se apresuraron en buscar soluciones al embrollo sin duda espoleados por la imagen del hijo de puta de su jefe mirando el reloj y sonriendo sardónicamente cuando los viese llegar tarde.  La valla metálica de dos metros y pico que rodea la estación parecía el punto más débil para asaltar el fuerte y llegar a los andenes así que cual senegalés migrante Christopher Lambert se encaramó a la valla de un salto y no sin esfuerzo consiguió alcanzar el otro lado. Después de auxiliar a otro vecino que a punto estuvo de ahorcarse con el cable de los auriculares al saltar la valla Christopher se dirigió finalmente al pasadizo subterráneo que cruza las vías sintiéndose como Hércules tras superar una de las doce pruebas. Una vez en su andén nuestro protagonista pensó que aún le daba tiempo de quitarse la ansiedad del momento dándole unas caladas rápidas a un Lucky antes de que llegase el tren. Le dió tiempo a darle unas caladas al piti, a acabárselo y a encenderse otro antes de tener noticias de ese primer tren de la mañana. Según nos cuenta Christopher “por fin escuchamos un dingdongding por los altavoces de la estación para alborozo de  todos los que habíamos conseguido saltar la valla pero pronto un jarro de agua fría cayó sobre nosotros. En vez de oir una delicada voz femenina grabada anunciándonos la llegada de nuestro medio de transporte lo que escuchamos fue a un tipo de voz algo cazallera decirnos en vivo y en directo que nuestro tren no iba a venir y que nos tocaba esperar media hora a ver si venía el siguiente. Aunque la voz no llegó a decirlo todos los allí presentes escuchamos dentro de nuestras cabezas una coletilla final que decía “os jodéis y os callais, pringaos”.

Christopher Lambert no ha querido confesar quién fue el primero que arremetió contra el mobiliario para desahogar su rabia ante la enésima falta de respeto hacia nosotros y nuestros impuestos pero fuese quien fuese el precursor del pifostio la cosa es que en apenas diez minutos la estación quedó tan devastada como el Auditorio Nuevo. Ni un solo cristal se salvó de las pedradas y patadas e incluso unos jóvenes mozos de San Martín de la Vega consiguieron arrancar del suelo los bancos de la estación y lanzarlos a las vías. La cosa podía haberse quedado ahí de no haber sido porque justo en ese momento de furia incontrolada los indignados vieron como un guardia de seguridad llegaba a la estación y ufanamente abría a las puertas de la misma a buenas horas. Como si de un pokémon o una barra libre se tratase los presentes se abalanzaron sobre el pobre segurata y lo habrían linchado allí mismo si no fuese porque el susodicho tiene aprobado hasta tercero de INEF y consiguió zafarse ágilmente de la marabunta y subirse a un árbol donde se hizo fuerte a golpe de porra hasta que llegó la policía. Tan mal lo tuvo que pasar el pobre guardia que aún hoy sigue encaramado en ese árbol y parece ser que ha pedido la baja por estrés postraumático.

La policía busca a los causantes de semejante destrozo pero en el pueblo se ha instaurado una especie de omertá y nadie suelta prenda acerca de la identidad de los que dejaron la estación como unos zorros. Fueron unos pocos pero podíamos haber sido cualquiera de nosotros. Como dice la canción “somos del pueblo de los locos, no nos metemos con nadie, pero si se meten con nosotros, aupa!  nos cagamos en su padre”. En un mundo justo y coherente la policía no andaría buscando a los culpables de las consecuencias del asunto sino que emplearía su tiempo en analizar las causas y en dar caza a los autores intelectuales de este atentado contra la poca dignidad que aún nos queda como ciudadanos. Llamadnos populistas pero algunos hijos de puta trajeados están jugando con el pan de la gente.

Tío Willis
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