Los expertos alertan: Salirse al fresco está en vías de extinción

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De toda la vida de Dios en este pueblo al llegar el verano nuestros abuelos salían al fresco después de cenar. También lo hacían nuestros padres y nosotros con ellos. Pero nuestros hijos y nietos, salvo contadas excepciones, no saldrán ya más al fresco. Ésta es la conclusión a la que ha llegado una comisión internacional encargada de velar por aquellas tradiciones ancestrales en peligro de desaparecer. Según esta comisión ya no hay marcha atrás y esta generación será recordada como la que dejó de salir al fresco.

Tampoco es cosa de rasgarse las vestiduras ahora por esto. Peor fue la muerte de Chanquete y casi todos la hemos superado. La conclusión de los expertos sólo ha venido a corroborar lo que suponíamos aquellos que llevamos años sin practicar el saludable hábito de salir de noche a la puerta de casa para arreglar el mundo en compañía de los vecinos. La mayoría de nosotros, hablo de los puretas que nacimos entre los 70 y los 90, solo salimos al fresco de críos. Nuestros padres y abuelos siguieron haciéndolo todavía unos años pero cuando decenas de canales televisivos y sobre todo el aire acondicionado llegaron a la mayoría de hogares sólo era cuestión de tiempo que la tradición de salir al fresco se perdiese para siempre. Una pena, bastante mejor era escuchar las anécdotas y cotilleos de mis vecinos que tragarte uno de esos realitys más falsos que la Teletienda.

El protocolo para salirse al fresco nunca tuvo unas reglas muy definidas. Básicamente se trataba de sentarte en la puerta de tu casa o en la de algún vecino y entre charlas y risas dejar pasar esas pocas horas del día en las que se podía estar en la calle sin sudar aguarrás. Lo más común era que cada vecino se sacase su propia silla o taburete pero tanto bordillos como poyetes como cajas de fruta servían también de asiento. Mientras los mayores cascaban en corro los críos jugábamos en las inmediaciones hasta que rendidos y sudando nos sentábamos también en la acera a recuperar el aliento y escuchar cosas que todavía no entendíamos. No se necesitaba más para pasar un buen rato. Buena compañía y buena temperatura. Y un botijo. Ese no podía faltar. Han pasado más de treinta años desde aquellas noches en la Calle de la Rosa y aunque me cuesta un poco recordar a todos los vecinos que nos juntábamos allí en akelarre hay algo que llevo grabado a fuego bien dentro.  El aroma a agua fresca del botijo de Esperanza y el olor de los Ducados que se fumaban mi padre y mi vecino Faico.

Parece que cualquier tiempo pasado fue mejor (y desde que nos regalaron esta crisis vitalicia no sólo lo parece sino que es la puta verdad) y por eso sentimos una punzadita de pena al asimilar que ya nunca volverán aquellas noches despreocupadas de gaceteo y carcajadas. Pero si lo pensáis un poco casi es mejor que aquellos días de salir al fresco no vuelvan. Sería patético vernos a todos en corro mirando el móvil.

Tío Willis
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